Hace unos días, descubrí como una grata sorpresa que había alguien ahí, al otro lado del laberinto incierto y abismal que es la Red. Resulta que, más allá de mi amiga Merche o de algún otro conocido a quien he hablado de este blog alguna vez, ¡me había leído alguien! Y me estaba comentando, compartiendo conmigo una opinión sobre un texto mío de esta bitácora.
Más tarde pude constatar un nuevo descubrimiento, más grato aún. Y es que ese alguien no era un alguien cualquiera, sino todo un artista: un poeta valenciano llamado Pere Bessó, que me dejaba junto a su opinión la dirección de su propio blog, en el que van publicando poemas suyos ilustrados con sugerentes imágenes.
No entiendo gran cosa de poesía, pero he de confesar que su escritura me ha causado muy grata impresión, así que para animaros a visitar su bitácora, aquí os dejo uno de sus poemas:
VÍVERES
¿Dónde encontrar hoy el óleo sanador de la ceguera, el aliento contumaz del amigo que vigila, el espliego salvaje para incendiar el icono, savia de silencios volteados al atardecer, cachos de pan porque la noche mendiga ofrezca su canto de estrellas y grillos sobre la hojarasca?
Soy agnóstica con frecuentes crisis de ateísmo, y, sin embargo, me gusta la Navidad. Soy una progre redomada que reniega del corsé de las tradiciones y de los atracones consumistas, y, sin embargo, me gusta la Navidad. No sólo me gusta, sino que además reniego de esa extendida necesidad imperiosa tan políticamente correcta de criticar estas fechas para luego, por la espalda, explotar ostentosamente todo aquello que las hace tan supuestamente odiosas. Y reniego más aún de la cursilada que se ha puesto tan de moda últimamente de rehuir la terminología navideña y celebrar y desearse un buen "solsticio de invierno".
Me gusta la Navidad porque aprovecho estas fechas para reunirme con un montón de gente a la que es imposible ver el resto del año. Gente amiga y familia a la que acudo no por tedioso compromiso, sino con las sinceras ganas de encontrarme con ella y disfrutarnos. Me gusta la Navidad porque, desde la austeridad que intento inculcarle para que valore lo que tiene, me apasiona ver reflejada en la ilusión de mi hija toda mi sana nostalgia de la niñez. Me gusta la Navidad porque me trae a la memoria las cenas numerorísimas en el pueblo, en casa de mi abuela, en las que lo de menos era el motivo de reunión (Nochebuena) y lo de más era enlatarnos cual sardinas, reírnos durante horas, cantar, tenernos los unos a los otros.
Me gusta la Navidad, sí, porque aunque vaya de dura soy una cursi, ¿qué pasa?
Mi vuelta a la bloggosfera ha consistido no sólo en volver a escribir en esta bitácora, sino también en volver a visitar algunos blogs ajenos y otras páginas webs que tenía algo abandonadas. Tras comprobar con un escalofría de fúnebre sorpresa que Soitu.es ha dejado de existir, he regresado a una bitácora que descubrí por casualidad cuando empecé a escribir la mía y que siempre tiene algo interesante: se trata de Ciberculturalia. Esta semana, Carmen, su autora se ha dedicado a retratar varias caras bien concretas del cambio climático y sus efectos en la realidad de la Tierra, sus ecosistemas y sus gentes.
Mientras, en Copenhague se reunía también esta semana la flor y nata del liderazgo mundial, con la policía reprimiendo ferozmente a los manifestantes que reclamaban acuerdos efectivos para salvar al mundo de la catástrofe ecológica y humanitaria del calentamiento global. Y, como era de esperar, la cumbre del clima se ha saldado con unos compromisos nada ambiciosos, sin garantía alguna de que vayan a cumplirse, y con una foto en la que los líderes salen sonriendo y tras la cual, hacen valoraciones según las cuales todo el mundo ha salido ganando.
Y digo yo, para esto, ¿era necesario montar una bacanal diplomática en la ciudad de la Sirenita? ¿Cuánto ha costado la dichosa Cumbre? ¿Y todo para que Estados Unidos diseñe a su antojo -y en definitiva, al antojo falto de compromiso de todas las partes- un acuerdo que califican de "insuficiente" y del que además subrayan su carácter "no vinculante"?
Ayer mismo me enteré que mi alcalde, José Masa, ha estado en la cumbre presentando ante otras ciudades del mundo el proyecto Rivas Ecópolis que se desarolla aquí en Rivas Vaciamadrid, que consiste en ejecutar políticas municipales contra el cambio climático. No conozco en profundidad el proyecto, más allá de informacion sobre algunas medidas sueltas, pero sí sé desde hace tiempo del compromiso medioambiental de la ciudad en que vivo. Y siempre es un gustazo saber que hay quien cree que las cosas pueden ser de otra manera y actúa en consecuencia, pero a una, en momentos en que lee noticias como las del resultado de la Cumbre de Copenhague, no deja de sonarle todo eso una triste ilusión. No quiero que me venza el pesimismo, pero si lo que se hace en Rivas es una excepción, y aunque no lo fuese, si más allá de lo que puede hacer una ciudad o un puñado de ciudades, los grandes mandamases del mundo mundial no son capaces de estar a la altura tomando decisiones de mayor envergadura que sólo están en sus manos, ¿qué podemos esperar? Pienso en mi hija y me repugna la mierda de mundo que va a heredar de nosotros, que no quisimos hacerlo mejor.
En fin... Toda mi solidaridad con el director de Greenpeace España detenido, así como con el resto de manifestantes que han tenido "problemas" con la policía. Y nada, a seguir disfrutando todos de veranos de seis meses y feroces temporales invernales repentinos. Total, el frio que está sacudiendo ahora Madrid y España entera es un peaje incómodo, pero insignificante si pensamos que hasta noviembre hemos estado aprovechando la terracita, ¿no? Pues suma y sigue. O resta, mejor dicho, y sigue.
Si vives en Madrid y no eres del PP, cosa que cada vez puede parecer más improbable por difícil de entender que le parezca a una, es imposible no sentir simpatía hacia Inés Sabanés. No porque sea alguien especialmente afable o simpática, lo cual desconozco porque no tengo el gusto de haberla tratado personalmente, aunque pueda intuir que sí, sino porque tiene una forma de hacer política que, más allá de las coicindencias que puedan tenerse desde lo que piensa cada cual, resulta cercana y aún diría más: empática. Cuando me llegan declaraciones suyas, a través de la televisión o de la prensa (cosa no tan frecuente como debiera), o a través de las facilidades que da internet para acceder a mucha información vetada en los grandes medios de comunicación, siento una punzada de reconocimiento personal en lo que ella dice y en cómo lo dice. Siento que está hablando de algo que me importa, que me afecta, que está, en definitiva, representándome. Y eso, con los tiempos que corren en la fangosa actualidad política, no es nada habitual.
Inés Sabanés, ya se sabe desde hace algunas semanas, no va a ser la candidata de su partido, Izquierda Unida, en las próximas elecciones autonómicas. Esta noticia nos ha dejado a mucha gente (lo percibo en mi ambiente más cercano), huérfana de un referente político muy importante. Yo no entiendo cómo se mueven los hilos del razonamiento en los aparatos políticos, pero sí sé, como ciudadana, y como persona medianamente informada, que cuando en cuestiones tan delicadas como quién es la cara y la voz de una opción política ante un electorado, las motivaciones tienen más que ver con el sectarismo interno o los equilibrios entre familias o los rodillos de las mayorías, estas cosas pasan factura. No es sólo que Inés Sabanés no vaya a ser candidata tal y como muchos madrileños y madrileñas querríamos. Es que además no sabemos por qué. Evidentemente IU está en su derecho de decidir cuales son sus candidatos, pero si este partido aspira a representar a alguien debería preocuparse por dar alguna razón. A lo mejor me estoy anticipando y luego resulta que el nuevo candidato es el mejor posible, pero por el momento todo lo que me llega es condolencias por la marcha de Inés Sabanés y ninguna explicación de por qué ese cambio ni ninguna defensa del nuevo candidato.
Me considero una persona de izquierdas. La mayoría de las veces que he votado, lo he hecho por Izquierda Unida, excepto en dos ocasiones -tras las que siempre me he arrepentido- en que he tirado del mal llamado 'voto útil' como quien se deja de enredar por un canto de sirenas. No creo que vuelva a votar jamás al PSOE, visto lo visto. Pero de Izquierda Unida sólo percibo últimamente palos de ciego. Me gusta la cercanía de Cayo Lara pero me cuesta mucho entender su mensaje, porque no veo que concrete ni profundice en nada, debe de llevar ya un año más o menos como coordinador general de IU y más allá de su imagen de "hombre corriente" no veo chicha ni limoná, que diría mi abuela.
Ahora, con lo de Inés Sabanés, no sé ya qué pensar. Repito: no es sólo que no vaya a ser la candidata. Es la frustrante comprobación, y ojalá me equivoque, de que Izquierda Unida mira más hacia adentro, hacia su propio ombligo, que hacia afuera.
Menos mal que vivo en Rivas y en la Izquierda Unida de aquí, que gobierna el Ayuntamiento, sí tengo ejemplos de lo que es una izquierda alternativa y diferente, que comete errores (está claro, ¿quién no los comete?), pero que defiende nuestros intereses como vecinos con políticas progresistas de verdad, de servicios públicos, de medio ambiente, de cultura, de deporte, de viviendas sociales, etc. Creo que si sigo votando a IU más allá de las elecciones municipales, será por influencia de lo local, porque, desde luego, hace mucho que ningún partido político nacional me da alegrías.
Este último mes y pico he seguido muy de cerca el caso de Aminetu Haidar y su huelga de hambre. Durante mis años universitarios, estuve muy implicada en el asociacionismo solidario con la causa del Sahara y más tarde, en el año 2000, visité los campos de refugiados en el desierto argelino con una amiga oftalmóloga y un proyecto de cooperación con el pueblo saharaui en el que ésta participaba, una especie de "misión" médica con revisiones ópticas y distribución de gafas y materiales sanitarios oftalmológicos. Fue toda una experiencia, inolvidable, que me descubrió en las distancias cortas una realidad mucho más cruda de lo que había calibrado en mis años de facultad. Y sobre todo: me acercó a las mujeres saharauis y su enorme hazaña de resistencia y dignidad en mitad de la nada. Su hospitalidad y su sencilla mezcla de humildad ante la vida y orgullo ante su causa, realmente me impresionaron.
Es por ello que he sentido muy dentro toda la fuerza de esta gran mujer que es Aminetu Haidar. Torturada en cárceles secretas marroquíes durante cuatro años, cuenta con la fuerza arrolladora de la palabra y el sentido común como banderas. El 14 de noviembre le cerraron las puertas de su casa las autoridades marroquíes ocupantes, y le impidieron regresar allí donde la esperaba su familia. Su pasaporte le fue retirado arbitrariamente, y pasándose el derecho internacional por el arco morisco de Mohamed VI, fue expulsada de El Aaiún y enviada a España, donde alguna autoridad oficial (y todavía no se sabe quién, ya que Moratinos ha sido incapaz de explicarlo) permitió su entrada. A partir de entonces, Aminetu Haidar se rebeló y, sin abandonar el aeropuerto de Lanzarote, ha estado en huelga de hambre hasta que ayer se pudo deshacer el nudo diplomático con la intermediación de Francia y, hoy, Aminetu ya está en casa.
Me alegro. Todas las presiones ante el Gobierno dictatorial marroquí (culpable) y ante el Gobierno progre 'naïf' español (responsable), han servido para algo. Sólo espero, como dijeron muchos de los artistas que pasaron por el concierto solidario con Aminetu que se celebró en mi ciudad, Rivas, hace dos semanas, que este caso no se archive con su resolución, sino que sea el inicio de una conciencia más intenso de apoyo a la causa saharaui. Y que el propio Gobierno espabile con este tema.
Pues eso. En esta época en que a una le toca pensar en qué cosas a su alcance va a procurar cambiar, mejorar o innovar ante el año que empieza, he decidido que una de ellas va a ser retomar la escritura y publicación periódica de esta bitácora que me abrí en verano y que, si bien tuve activa las primeras semanas, con el inicio del curso quedó primero relegada a un tercero o cuarto plano de prioridades y, después, finalmente caída en olvido. Pero como no dejo de recordar la labor terapéutica que me reportaba abrir un paréntesis en mi rutina y dedicar unos minutos del día a reflexionar sobre mi vida o la actualidad, hago propósito de enmienda y me comprometo conmigo misma, aunque dude muy mucho de que haya alguien para leerlo al otro lado, a recuperar aquella incipiente costumbre.
Dicho esto, ¡hala!, me voy a entregar mi tarde de jueves a ejercer de Reina Maga en el H2Ocio con mi Santo marido, mientras la peque es "retenida" en el cumpleaños de una amiga del cole.
Hay lunes, y lunes. Ayer tuve un día de lo más complicado y estresante, ya que a la sensación, digamos, poco llevadera que me trae cada inicio de semana, tuve que sumar la vuelta al cole de Elena y un marrón inesperado en el trabajo, marrón que va a engordar un poquito mi sueldo (tampoco es tan difícil) pero que va a hacerme llevar trabajo a casa en esta semana y la próxima.
Sin embargo, a eso de media tarde, el estrés se me esfumó. Mi hermano Pablo me llamó por teléfono:
-¿Qué haces este miércoles por la noche?
-Corregir un recetario de cocina, ¡curro extra!
-¿Qué tipo de cocina?
-Canaria.
-¿Platos con una hora menos, y cosas así?
-Tonto, ¿qué quieres?
-Tachán, tachán: tengo una entrada de sobra para un concierto de Jorge Drexler. ¿Te vienes?
Ay, ¡Drexler! Pues claro, ya le robaré horas al sueño con el libro de recetas canarias. Ya engatusaré a Juan para que se entregue solito en exclusiva por una noche a los cuidados familiares.
Y en efecto, cuando al rato volvió Juan de hacer una compra exprés de emergencia en el Mercadona, antes aún de que soltase las bolsas, le solté yo lo de la invitación de mi hermano.
-Okey, princesa -me dijo encogiéndose de hombros, moviendo extrañamente los brazos extendidos de los que caían víveres variados-, me pillas desarmado y estás preciosa, ¿cómo iba a negarme?
Este hombre, cuando quiere, es un cielo. Al rato, cuando ya habíamos cenado y acostado a Elena, estábamos acurrucados en el sofá haciendo 'zapping' sin orden ni concierto, y Juan me susurró de pronto:
-Estás de suerte hoy: tu hermano te invita a un concierto este miércoles y yo te regalo por nuestro aniversario una escapada romántica a Roma para el puente del Pilar.
Sin palabras. Me quedé sin palabras. Definitivamente, mi Juan es un cielo. Y definitivamente, no es que haya lunes y lunes, es que dentro de un lunes caben muchos lunes.
Me acosté recordando, irónicamente, esta canción de Drexler, 'Todo se transforma'. No sé si merezco estos dos regalazos, y en verdad no creo que ningún orden cósmico se encargue de recompensarnos o devolvermos lo que hacemos cada día, lo que damos a los demás, etc., pero qué más da eso: mañana voy a ver al Drexler en directo y en octubre, voy a conocer una ciudad maravillosa.
Y ahora, cierro este paréntesis en la oficina, y vuelvo al tajo, que tengo mucho, mucho que hacer.
Siempre he estado un poco en las nubes, a mi rollo, pero lo suficientemente despierta como para enterarme de qué pasa por aquí abajo. Estoy al borde de la crisis de los 40, y sufriendo la precariedad de la otra crisis, la Crisis por excelencia. Vivo en Rivas. Estoy casada. Tengo una hija. Devoro libros. Y soy muy normal, ¡mal que me pese!