Soy agnóstica con frecuentes crisis de ateísmo, y, sin embargo, me gusta la Navidad. Soy una progre redomada que reniega del corsé de las tradiciones y de los atracones consumistas, y, sin embargo, me gusta la Navidad. No sólo me gusta, sino que además reniego de esa extendida necesidad imperiosa tan políticamente correcta de criticar estas fechas para luego, por la espalda, explotar ostentosamente todo aquello que las hace tan supuestamente odiosas. Y reniego más aún de la cursilada que se ha puesto tan de moda últimamente de rehuir la terminología navideña y celebrar y desearse un buen "solsticio de invierno".
Me gusta la Navidad porque aprovecho estas fechas para reunirme con un montón de gente a la que es imposible ver el resto del año. Gente amiga y familia a la que acudo no por tedioso compromiso, sino con las sinceras ganas de encontrarme con ella y disfrutarnos. Me gusta la Navidad porque, desde la austeridad que intento inculcarle para que valore lo que tiene, me apasiona ver reflejada en la ilusión de mi hija toda mi sana nostalgia de la niñez. Me gusta la Navidad porque me trae a la memoria las cenas numerorísimas en el pueblo, en casa de mi abuela, en las que lo de menos era el motivo de reunión (Nochebuena) y lo de más era enlatarnos cual sardinas, reírnos durante horas, cantar, tenernos los unos a los otros.
Me gusta la Navidad, sí, porque aunque vaya de dura soy una cursi, ¿qué pasa?
Así que Feliz Navidad, ¡ea!
martes, 22 de diciembre de 2009
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