Empecé hace diez días con esto del blog, y pronto me di cuenta de que, tal y como me animaban mi marido y varias amistades, esto de dedicarle diariamente unos minutos a asomarse al mundo virtual desde esta especie de cuaderno personal, me gustaba, y que incluso podía llegar a engancharme. Sin embargo, llevo casi una semana sin actualizar la bitácora porque, a la vez, no he dejado de pensar en lo absurdo y contradictorio que es esto de la vida y la comunicación virtuales. Una adquiere la extraña pose ante sí misma de retomar la afición adolescente a plasmar sus experiencias, sus ideas y sus neuras en un diario íntimo, personal y confidencialíiiisimo, guardado bajo siete llaves debajo del colchón; pero, a la vez, la actitud es también la misma que la de quien cree que tiene una visión genuina de lo que pasa a su alrededor especial, una visión que "puede interesar a alguien". Igualmente, y por si el cóctel no tuviera suficientes ingredientes ya, una es una misma y a la vez el personaje que se crea, como siempre en la vida en general pero además, como "emisora" de un mensaje que no sabes exactamente quién va a leer, ni quién quieres que lea ni con qué finalidad en concreto. Al menos me pasa a mí.
Me he sorprendido hace un rato, releyendo las pocas entradas que llevo escritas y publicadas, al ver cómo he hecho una crónica sobre cómo he pasado el verano, he hablado del vértigo, las contradicciones y las gratificaciones de ser madre, he vomitado una revelación personal sobre la cicatriz de un viejo desamor, he opinado sobre los ecos de actualidad política que los gritos de Belén Esteban me dejaron en los tímpanos. Todo ello, movida por las ganas de contar algo, pero a la vez sin saber muy bien por qué ni a quién se lo contaba, ni por qué ni a quién quería contárselo. ¿A mí misma, quizás? Pero para eso, una no tiene un blog.
Ayer le hablé de todo esto a mi amiga Merche mientras nuestras niñas jugaban juntas en unos columpios del Parque Lineal. Merche no tiene blog pero fue una de las instigadoras de que yo me lo abriese, y hasta ahora no sabía que le había hecho caso. Porque ésa es otra: hasta el momento, he mantenido esta bitácora en un limbo, publicada, abierta a todo el mundo, pero sin publicitársela ni a mis personas más cercanas. Ni amigos, ni familia, ni mi marido.
Ella me dijo dos cosas: la primera, que yo era una mala amiga por no haberla invitado ya a conocer mi blog, y que ya le estaba dando la dirección para "deleitarse" (sic) con mis paranoias literarias. La segunda, que no me limitase a "escribir y ya", sino que me "moviese" por el mundo cibernético, que buscase blogs afines, los siguiera y comentase, los enlazase desde el mío, etc. Me dijo que buscara también páginas donde se agrupen otros blogs por temáticas, afinidades políticas, aficiones, intereses comunes, etc... Según ella, no hay nada de malo en hablar de lo que a una le salga del "piiiiiiiiiiiiiiii", sean anécdotas familiares, cuentos infantiles, chistes verdes u opiniones políticas de mayor o menor calado. Y me convenció con una frase de ésas reveladoras que sólo pueden salir de la boca de una buena amiga y profesora de Filosofía: "A fin de cuentas, ¿no era eso el 'periodismo de autor' que tanto te gustaba?".
Así pues, sigo mi camino bloggero, sin vergüenza, ni esconderme, sin complejos del ego inherente a esto de exhibir las ideas y vivencias, y saldré, además, al encuentro de más gente asomada a este patio global de vecinos...
PD: Al llegar del parque a casa, también salí del armario para Juan, pero sólo a medias. "Cariño, ¿te acuerdas de lo que me dijiste de hacerme un blog? Pues ya lo tengo". Me pidió que se lo enseñase, y de momento le he dado largas. Despacito y con buena letra.
domingo, 30 de agosto de 2009
martes, 25 de agosto de 2009
Nubes de rutina
El domingo, cuando volvimos del pueblo, nos trajimos a Elena. Mis pobres padres se están ganando el cielo con su papelón de guardeses de nuestras proles, como dice el cachondo de mi hermano mayor. El caso es que el domingo por la tarde, a la vuelta, ya anocheciendo pasadas las nueve de las tarde, Elena venía durmiendo plácidamente en la parte de atrás, mientras mi Juan, mi marido, venía de copiloto y toqueteaba compulsivamente el porta-CD's (qué horror de palabra, ¿se escribe así? En casa del herrero...) y ponía y quitaba discos continuamente. Yo conducía, poniéndome de los nervios ante la locura musical.
-Menos mal que eres mejor marido que DJ -le dije.
-Bueno, vale, ya dejo éste -cedió él, cuando tomamos la vía de servicio de entrada a Rivas. O sea: cuando quedaban cinco minutos para llegar a casa.
Unas pocas nubes de color violeta mordían el cielo que iba apagándose, y Elena se desperezó con un bostezo que parecía incorporado a los primeros compases de la canción que empezaba a sonar. "Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno...", era Carlos Gardel en una curiosa versión de 'Volver' con tintes de jazz. Las horas que se me pasa mi Juanillo en el e-Mule, madre...
Y tomamos la curva de entrada como quien desafía a la frente marchita de Gardel, alegres, reconfortados de sabernos en casa.
-¡Papá, mamá: el pirulo! -gritó contenta Elena señalando con el dedo la extrañísima, fea e incomprendida escultura que adorna la rotonda de entrada-. ¿Cenamos hamburguesa?-dijo acto seguido, cambiando la dirección de su dedo hacia el McDonnald.
-No -terció Juan, haciendo esta vez de 'poli' malo-. Tenemos atún con tomate que nos ha metido la abuela en un 'tupper'.
Y llegamos a casa. Volvimos. Y Elena, sí, con la frente marchita.
-Menos mal que eres mejor marido que DJ -le dije.
-Bueno, vale, ya dejo éste -cedió él, cuando tomamos la vía de servicio de entrada a Rivas. O sea: cuando quedaban cinco minutos para llegar a casa.
Unas pocas nubes de color violeta mordían el cielo que iba apagándose, y Elena se desperezó con un bostezo que parecía incorporado a los primeros compases de la canción que empezaba a sonar. "Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno...", era Carlos Gardel en una curiosa versión de 'Volver' con tintes de jazz. Las horas que se me pasa mi Juanillo en el e-Mule, madre...
Y tomamos la curva de entrada como quien desafía a la frente marchita de Gardel, alegres, reconfortados de sabernos en casa.
-¡Papá, mamá: el pirulo! -gritó contenta Elena señalando con el dedo la extrañísima, fea e incomprendida escultura que adorna la rotonda de entrada-. ¿Cenamos hamburguesa?-dijo acto seguido, cambiando la dirección de su dedo hacia el McDonnald.
-No -terció Juan, haciendo esta vez de 'poli' malo-. Tenemos atún con tomate que nos ha metido la abuela en un 'tupper'.
Y llegamos a casa. Volvimos. Y Elena, sí, con la frente marchita.
lunes, 24 de agosto de 2009
Nubes del pasado
Hoy he visto a Raúl, mi ex, poco antes de las ocho de la mañana. Nos hemos cruzado en un pasillo del Metro, entre una marea humana enloquecida en plena hora punta (luego dicen que Madrid se vacía en agosto, pero lo de Avenida de América no conoce calendario vacacional: como yo). Apenas hemos intercambiado tres frases. Estaba tan arrogante como siempre.
-¡Maite!, ¿qué tal? -me ha saludado él con una efusividad absolutamente impostada.
-Hola... pues aquí, yendo al curro -he contestado, haciendo gala de una retórica de manual, desde luego.
-¿No estabas en paro? ¿Qué tal las vacaciones?
¿No sabías que se hacen preguntas de una en una?, como se nota que se saltaba las clases de Redacción Periodística y luego ni siquiera se leía los apuntes que yo tomaba.
-No tengo vacaciones hasta octubre. Estoy trabajando en una editorial... Correcciones de estilo, archivo, prensa. ¿Y tú, sigues ahí... en Onda Cero?
-Punto Radio, sí. En deportes. Hoy vuelvo de las vacaciones. He estado por Escandinavia. Ya sabes, Noruega, Suecia, Finlandia...
Sí, ya sé, conozcoloquesignificaEscandinavia, cretino, tengo la casa entera amueblada de Ikea, la discografía completa de Abba, y anoche me tragué 'Dogville', de Lars von Trier, en DVD.
-Qué frío.
-Bueno, en verano, una temperatura ideal-. No, idiota, me refería a ti-. Bueno, ¡que vamos a llegar tarde! A ver si charlamos más tranquilamente.
-A ver.
Y me ha dado dos besos y ha sido devorado por la muchedumbre en dirección contraria a la mía.
Muchas veces me he preguntado, avergonzada, si la animadversión que me sigue provocando Raúl once años después de nuestra ruptura quizás esté motivada porque siga sintiendo algo por él. A fin de cuentas, no es muy normal que mantenga esta rigidez emocional y hasta protocolaria, cuando ha pasado tanto tiempo y tengo una hija maravillosa y un marido al que adoro, que vale un potosí y con el que comparto dieciseite veces más inquietudes, afectos y parcelas de mi vida que lo que jamás podría haber compartido con Raúl. Entonces, me he interrogado al hacer el transbordo esta mañana, ¿por qué actúo así? ¿Por qué no soy capaz de reciclar mi rencor en la más absoluta de las indiferencias?
Al llegar a mi estación, según ha saltado el hilo de voz de Metro de Madrid en el vagón para anunciar el destino, he dado súbitamente con la respuesta. En realidad, no le tengo animadversión a Raúl. Mi problema es eso: problema mío, problema conmigo misma. Cada vez que pienso en él o lo veo, me topo con un espejo que me devuelve la imagen de niñata colada hasta los huesos por el guapo de la promoción; la imagen de enamorada como una tonta de un egoísta tan incapaz de dar ni una pizca de afecto a nadie como para, tras seis años de relación, obligarme a dar yo el paso de romper porque él había dejado de quererme y ni siquiera se atrevía a decírmelo. Me veo tan diferente a aquella idiota que le llamaba lloriqueando de madrugada pidiéndole una segunda o una tercera o una cuarta oportunidad, como quien pide peras a un olmo muerto de sequía, que ahora, cada vez que lo veo, sencillamente, no puedo perdonármelo a mí misma. Él, ya, a estas alturas, me da igual. Pero yo, tonta, más que tonta, no dejo de odiarme un poco por todo aquello.
Al salir de la boca del Metro, el cielo de Madrid estaba rabiosamente azul y despejado.
Día de nubes y claros.
-¡Maite!, ¿qué tal? -me ha saludado él con una efusividad absolutamente impostada.
-Hola... pues aquí, yendo al curro -he contestado, haciendo gala de una retórica de manual, desde luego.
-¿No estabas en paro? ¿Qué tal las vacaciones?
¿No sabías que se hacen preguntas de una en una?, como se nota que se saltaba las clases de Redacción Periodística y luego ni siquiera se leía los apuntes que yo tomaba.
-No tengo vacaciones hasta octubre. Estoy trabajando en una editorial... Correcciones de estilo, archivo, prensa. ¿Y tú, sigues ahí... en Onda Cero?
-Punto Radio, sí. En deportes. Hoy vuelvo de las vacaciones. He estado por Escandinavia. Ya sabes, Noruega, Suecia, Finlandia...
Sí, ya sé, conozcoloquesignificaEscandinavia, cretino, tengo la casa entera amueblada de Ikea, la discografía completa de Abba, y anoche me tragué 'Dogville', de Lars von Trier, en DVD.
-Qué frío.
-Bueno, en verano, una temperatura ideal-. No, idiota, me refería a ti-. Bueno, ¡que vamos a llegar tarde! A ver si charlamos más tranquilamente.
-A ver.
Y me ha dado dos besos y ha sido devorado por la muchedumbre en dirección contraria a la mía.
Muchas veces me he preguntado, avergonzada, si la animadversión que me sigue provocando Raúl once años después de nuestra ruptura quizás esté motivada porque siga sintiendo algo por él. A fin de cuentas, no es muy normal que mantenga esta rigidez emocional y hasta protocolaria, cuando ha pasado tanto tiempo y tengo una hija maravillosa y un marido al que adoro, que vale un potosí y con el que comparto dieciseite veces más inquietudes, afectos y parcelas de mi vida que lo que jamás podría haber compartido con Raúl. Entonces, me he interrogado al hacer el transbordo esta mañana, ¿por qué actúo así? ¿Por qué no soy capaz de reciclar mi rencor en la más absoluta de las indiferencias?
Al llegar a mi estación, según ha saltado el hilo de voz de Metro de Madrid en el vagón para anunciar el destino, he dado súbitamente con la respuesta. En realidad, no le tengo animadversión a Raúl. Mi problema es eso: problema mío, problema conmigo misma. Cada vez que pienso en él o lo veo, me topo con un espejo que me devuelve la imagen de niñata colada hasta los huesos por el guapo de la promoción; la imagen de enamorada como una tonta de un egoísta tan incapaz de dar ni una pizca de afecto a nadie como para, tras seis años de relación, obligarme a dar yo el paso de romper porque él había dejado de quererme y ni siquiera se atrevía a decírmelo. Me veo tan diferente a aquella idiota que le llamaba lloriqueando de madrugada pidiéndole una segunda o una tercera o una cuarta oportunidad, como quien pide peras a un olmo muerto de sequía, que ahora, cada vez que lo veo, sencillamente, no puedo perdonármelo a mí misma. Él, ya, a estas alturas, me da igual. Pero yo, tonta, más que tonta, no dejo de odiarme un poco por todo aquello.
Al salir de la boca del Metro, el cielo de Madrid estaba rabiosamente azul y despejado.
Día de nubes y claros.
viernes, 21 de agosto de 2009
Belén Esteban, la voz de los 'sin voz'
Estaba yo amodorrada el otro día, en la hora de la siesta, hecha una albóndiga en el sofá pequeño (mi marido se me adelantó y pilló el grande). Teníamos el ventilador a tope y la tele acompañándonos en nuestro sueñecito digestivo con un runrún casi imperceptible... Hasta que me despertaron de mi letargo unos sonoros aplausos y la inconfundible voz gritona de Belén Esteban. Bajé de las nubes de mi siesta y me incorporé, alucinada ante la imagen de una Belén Esteban en versión Pasionaria, haciendo gala de su chulería habitual pero con un trasfondo de verdad interesante en lo que decía. Y sobre todo: retratando, con poco rigor, con mucha demagogia y más gritos, pero retratando, a fin de cuentas, un malestar real, existente, más que latente, en la calle y entre la gente.
Qué país éste cuando cabe esperar que las verdades como puños las diga una chica consagrada a ser caricatura de sí misma, maleducada, y famosa por haberse dejado preñar por un torero al que han llegado a tirar una ristra de bragas desde el tendido.
A veces tengo miedo.
Qué país éste cuando cabe esperar que las verdades como puños las diga una chica consagrada a ser caricatura de sí misma, maleducada, y famosa por haberse dejado preñar por un torero al que han llegado a tirar una ristra de bragas desde el tendido.
A veces tengo miedo.
jueves, 20 de agosto de 2009
La eme con la, ma
-Mamá, te quiero mucho.
Así es como mi hija Elena me saludó ayer por la tarde, cuando hablamos por teléfono. Ni hola, ni qué tal. Directamente, por sorpresa y a traición, me disparó esa frase que, cómo no, me dejó derretida, cautiva, a sus pies. Y es que, no es porque yo lo diga, pero tengo la mejor hija del mundo.
Elena nació hace cinco años y tres meses, y como no podía ser de otra manera, nos cambió la vida, a su padre y a mí. Tener una hija, claro, te transforma e incluso te trastorna: cambias radicalmente de hábitos, de modo de vida, sacrificas pequeñas parcelas muy tuyas para que otras desconocidas sean invadidas por la presencia nueva y desconcertante de una persona que ha venido a ocupar un hueco central de tu mente, tu espacio, tu tiempo, tu todo. Te pasas nueve meses leyendo libros sobre la experiencia de la maternidad, preguntando y observando a las amigas que se te han adelantado en la aventura, filosofando sobre lo que crees que va a cambiar, los miedos y las ganas que tienes, el vértigo, las expectativas, las dudas. Y luego nace y simplemente, simplemente está ahí y te dejas llevar. Claro que cambia todo. Pero es mucho más fácil, y a la vez más complicado, en definitiva, diferente, a como lo habías imaginado y planeado.
Este fin de semana iremos mi chico y yo a verla al pueblo de Burgos donde está veraneando, con mis padres, que se montan cada julio y agosto una guardería con todos los nietos y nietas. Vamos todos los fines de semana y, aunque mentiría si no dijese que disfruto mucho de mi ociosidad de entresemana y mis vacaciones como madre, también es verdad que al llegar el miércoles ya estoy ahogándome a la espera de que sea viernes y cojamos el coche para darle un abrazo inmenso.
Ser mamá agota, y muchas de las cosas que se venden como maravillosas de la maternidad, son, francamente, pulseras esclavas a una realidad que no es tan idílica y que te hace renunciar a pequeñas cosas que, cuando tienes, apenas aprecias o valoras. Pero también es verdad que es lo mejor que me ha pasado jamás, y que, las cosas buenas, son mucho mejores de lo que jamás había pensado. Eso sí: me he vuelto de un cursi...
-Yo también te quiero, hija. Más que a nada.
-¿Más que a papá? -me ha preguntado, la muy socarrona, ¡pero si tiene cinco años!
-Sí -a socarrona no me gana nadie-: pero no se lo digas, que luego le tengo que aguantar yo.
Y nos reímos un rato, teléfono a través. Es para comérsela.
Así es como mi hija Elena me saludó ayer por la tarde, cuando hablamos por teléfono. Ni hola, ni qué tal. Directamente, por sorpresa y a traición, me disparó esa frase que, cómo no, me dejó derretida, cautiva, a sus pies. Y es que, no es porque yo lo diga, pero tengo la mejor hija del mundo.
Elena nació hace cinco años y tres meses, y como no podía ser de otra manera, nos cambió la vida, a su padre y a mí. Tener una hija, claro, te transforma e incluso te trastorna: cambias radicalmente de hábitos, de modo de vida, sacrificas pequeñas parcelas muy tuyas para que otras desconocidas sean invadidas por la presencia nueva y desconcertante de una persona que ha venido a ocupar un hueco central de tu mente, tu espacio, tu tiempo, tu todo. Te pasas nueve meses leyendo libros sobre la experiencia de la maternidad, preguntando y observando a las amigas que se te han adelantado en la aventura, filosofando sobre lo que crees que va a cambiar, los miedos y las ganas que tienes, el vértigo, las expectativas, las dudas. Y luego nace y simplemente, simplemente está ahí y te dejas llevar. Claro que cambia todo. Pero es mucho más fácil, y a la vez más complicado, en definitiva, diferente, a como lo habías imaginado y planeado.
Este fin de semana iremos mi chico y yo a verla al pueblo de Burgos donde está veraneando, con mis padres, que se montan cada julio y agosto una guardería con todos los nietos y nietas. Vamos todos los fines de semana y, aunque mentiría si no dijese que disfruto mucho de mi ociosidad de entresemana y mis vacaciones como madre, también es verdad que al llegar el miércoles ya estoy ahogándome a la espera de que sea viernes y cojamos el coche para darle un abrazo inmenso.
Ser mamá agota, y muchas de las cosas que se venden como maravillosas de la maternidad, son, francamente, pulseras esclavas a una realidad que no es tan idílica y que te hace renunciar a pequeñas cosas que, cuando tienes, apenas aprecias o valoras. Pero también es verdad que es lo mejor que me ha pasado jamás, y que, las cosas buenas, son mucho mejores de lo que jamás había pensado. Eso sí: me he vuelto de un cursi...
-Yo también te quiero, hija. Más que a nada.
-¿Más que a papá? -me ha preguntado, la muy socarrona, ¡pero si tiene cinco años!
-Sí -a socarrona no me gana nadie-: pero no se lo digas, que luego le tengo que aguantar yo.
Y nos reímos un rato, teléfono a través. Es para comérsela.
miércoles, 19 de agosto de 2009
La insoportable levedad de este blog
¿Quién dijo vacaciones? A mí me toca pringar, y quedarme en Madrid como una tonta. Como una esclava. Como una curranta precaria, que es lo que soy. Las únicas vacaciones que me tomo son como madre: he mandado a mi hija de cinco años al pueblo de mis padres, con ellos y un nutrido grupo de primos y primas de todas las edades posibles. Y es que eso de tener sólo un hijo es algo excepcional en mi clan. Soy la cuarta de seis hermanos, y tengo siete sobrinos, más una de camino. Luego dicen que la familia está en crisis. Bueno, la verdad es que todo está en crisis últimamente.
Yo no me quejo. Me quedé en paro hace catorce meses, cuando hablar de la crisis era una traición agorera y pesimista a la patria ('Por el pleno empleo', Zapatero dixit), y el pasado febrero, contra todo pronóstico, encontré trabajo, y 'de lo mío', más o menos. Estudié Periodismo, que es como no estudiar nada, y a eso me dedico, a un poco de mucho y a nada en concreto: trabajo en una editorial mediana haciendo correcciones de estilo, organizándoles el archivo y ayudando en las cosas de relaciones con los medios. Muchas horas, poco sueldo. Lo normal.
Como mi chico tampoco tiene vacaciones hasta octubre (a saber si podemos escaparnos algunos días, dejando a la niña en casa de alguna de mis hermanas), nos pasamos julio y agosto dedicando las tardes libres (¡bendita jornada intensiva!, algo bueno tenía que tener currar en verano) a intercambiarnos las novelas de la trilogía Millenium, a repasar la filmografía de Alfred Hitschcock y a disfrutar de la terraza con los amigos que han vuelto o están a punto de irse de vacaciones.
-Maite, ¿y por qué no te haces un blog? -me dijo ayer mi marido, en mitad de una conversación con unos amigos, que versaba sobre las redes sociales, las bitácoras, lo 2.0 y la insoportable levedad de la sociedad virtual, y tontunas de este tipo. Tontunas que yo, como buena analfabeta digital por mucho que pueda pasarme horas y horas navegando en Internet, no controlo ni tengo interés en controlar.
Pero el caso es que todos los presentes empezaron a agasajarme con piropos y ánimos varios, que si "con lo bien que escribes, nena", que si "con lo mucho que te gusta ejercer de tertuliana", que si "tú, que no te callas ni debajo del agua" (no estoy segura de que esto fuese un piropo)... que terminó picándome el gusanillo. Y aquí estoy, bastante escéptica sobre el mundo bloguero en general, pero dispuesta a dar la tabarra.
Yo no me quejo. Me quedé en paro hace catorce meses, cuando hablar de la crisis era una traición agorera y pesimista a la patria ('Por el pleno empleo', Zapatero dixit), y el pasado febrero, contra todo pronóstico, encontré trabajo, y 'de lo mío', más o menos. Estudié Periodismo, que es como no estudiar nada, y a eso me dedico, a un poco de mucho y a nada en concreto: trabajo en una editorial mediana haciendo correcciones de estilo, organizándoles el archivo y ayudando en las cosas de relaciones con los medios. Muchas horas, poco sueldo. Lo normal.
Como mi chico tampoco tiene vacaciones hasta octubre (a saber si podemos escaparnos algunos días, dejando a la niña en casa de alguna de mis hermanas), nos pasamos julio y agosto dedicando las tardes libres (¡bendita jornada intensiva!, algo bueno tenía que tener currar en verano) a intercambiarnos las novelas de la trilogía Millenium, a repasar la filmografía de Alfred Hitschcock y a disfrutar de la terraza con los amigos que han vuelto o están a punto de irse de vacaciones.
-Maite, ¿y por qué no te haces un blog? -me dijo ayer mi marido, en mitad de una conversación con unos amigos, que versaba sobre las redes sociales, las bitácoras, lo 2.0 y la insoportable levedad de la sociedad virtual, y tontunas de este tipo. Tontunas que yo, como buena analfabeta digital por mucho que pueda pasarme horas y horas navegando en Internet, no controlo ni tengo interés en controlar.
Pero el caso es que todos los presentes empezaron a agasajarme con piropos y ánimos varios, que si "con lo bien que escribes, nena", que si "con lo mucho que te gusta ejercer de tertuliana", que si "tú, que no te callas ni debajo del agua" (no estoy segura de que esto fuese un piropo)... que terminó picándome el gusanillo. Y aquí estoy, bastante escéptica sobre el mundo bloguero en general, pero dispuesta a dar la tabarra.
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