
Aunque a mi Juan se le atragante un poco y siempre se resista a mis sugerencias cinematográficas, me encantan las películas francesas. Qué voy a hacerle. Yo soy de las que en BUP estudió francés, no inglés, y en 2º tuve una profesora absolutamente enamorada del cine galo que se servía de escenas, fragmentos y, a veces, películas enteras para que ilustrar sus lecciones de gramática o vocabulario, y para que cogiéramos soltura con expresiones más coloquiales. Mientras mis compañeros de clase bostezaban o cuchicheaban en conversacions paralelas, yo me entregaba con una pasión desmedida a aquellas historias, aquellos actores y actrices, aquel idioma fascinante en su boca poniendo voz a imágenes fascinantes. Supongo que siempre he sido un poco rara, porque ahora que lo pienso, no es muy normal que a los 15 años te flipen 'Los 400 golpes' de Truffaut, o 'Al final de la escapada' de Godard. Aquel curso pasó, pero mi interés por el cine francés ha seguido despierto, y de 'Delicatessen' a 'Amélie', pasando por Kiéslowski y sus 'Tres colores' y por todo François Ozon, intento no perderme casi ninguna película francesa que se estrena.
Así que, después de intentarlo todo el verano, el otro día mi hermana se quedó con Elena y arrastré a Juan hasta los cines Renoir de Plaza de España, no sin aguantar durante todo el camino sus pegas y las cariñosas apreciaciones que me dedicó: desde "cursi" a "intelectualoide", pasando por el repertorio de topicazos antifranceses. Le faltó sacar el tema de 1808 y la Guerra de la Independencia. Pero lo conseguí: llegamos a los cines, y compramos dos entrados para 'El primer día del resto de tu vida'.
Y la verdad es que hasta a mi marido le gustó, con eso digo todo.
La película se pone en la piel de los cinco miembros de una familia (matrimonio, dos hijos y una hija pequeña) para retratar, desde la mirada de cada uno de ellos, cinco días diferentes y decisivos en sus vidas a lo largo de doce años. Así, al espectador le resulta natural empatizar con las decisiones, las contradicciones y la forma de actuar de cada uno de ellos, y todo esto no es más que una excusa para abrir en canal lo políticamente correcto de la convivencia familiar y, dejando a un lado convencionalismos, ir al grano de aquello que de verdad importa: los afectos, los extraños lazos invencibles que teje el compartir techo y vivencias con quienes nos son más cercanos.
No es una película especialmente taquillera y ya lleva algún tiempo en cartel, por lo que si alguien quiere verla (y ese alguien, por una remota casualidad, lee este blog: mira tú si lo pongo difícil, jejeje), debería darse prisa. Insisto: hasta a Juan le gustó. Y digo más: aunque él nunca lo reconocerá, le vi de reojo secarse unas lagrimillas.
Si es que, aunque se le llene la boca con que no le gusta el cine francés, el que es un blando, es un blando.

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