Ayer me contaba mi amiga Merche, en una de nuestras tertulias de madres-que-llevan-a-sus-retoños-al-parque, que su hija Marina, de cinco años, le había preguntado para qué servía la Filosofía. La pregunta, lejos de no venir a cuento y descubrir a Marina como una niña prodigio que se cuestiona a tan tierna edad lo humano y lo divino, estuvo motivada porque la niña antes había interrogado a su madre a qué se dedicaba. La cosa debió de proseguir así:
-Soy profesora, cariño, ya lo sabes.
-¿Y por qué no puedo ir a tu clase en tu cole? -replicó hábilmente la mocosa que, por cierto, es una ricura de cría.
-Porque es un cole de mayores. Soy profesora de Filosofía.
-¿Y eso qué es? -¡caramba!, se encendieron las alarmas.
-Es una cosa que estudian los niños mayores -contestó como pudo Merche, mientras combinaba sus reflejos dialécticos con el arte de calzar a su hija, que no paraba de mover las piernas.
-¿Y para qué sirve la Fisofolía? -insistió la pequeña.
-Pues para pensar. Para ayudarnos... a pensar... mejor -titubeó la docente de secundaria y bachillerato con once años ya de experiencia. Y su hija paró las piernas y dibujó un gesto muy alejado de la complacencia. Vaya birria de respuesta...
La pobre Merche, aunque se partía de risa contándomelo, no dejaba de mostrar cierta preocupación porque, más allá de los aprietos preguntones de los niños a esa edad, le resultaba tremendamente complicado responder a la pregunta de su hija.
A mí, y así se lo conté a mi amiga, la anécdota me recordó a aquella otra célebre en que al torero Rafael Torres le presentaron al filósofo Ortega y Gasset, y, cuando el matador quiso saber a qué se dedicaba un filósofo y le contestaron lo mismo que Merche a su hija ("A pensar"), el tal Rafael Torres no dudó en afrimar rápidamente: "Hay gente pa to".
Merche, que sorprendentemente no conocía esta historieta, exclamó entre carcajadas:
-Espero que Marina no me salga torera.
Hijas...
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