martes, 25 de agosto de 2009

Nubes de rutina

El domingo, cuando volvimos del pueblo, nos trajimos a Elena. Mis pobres padres se están ganando el cielo con su papelón de guardeses de nuestras proles, como dice el cachondo de mi hermano mayor. El caso es que el domingo por la tarde, a la vuelta, ya anocheciendo pasadas las nueve de las tarde, Elena venía durmiendo plácidamente en la parte de atrás, mientras mi Juan, mi marido, venía de copiloto y toqueteaba compulsivamente el porta-CD's (qué horror de palabra, ¿se escribe así? En casa del herrero...) y ponía y quitaba discos continuamente. Yo conducía, poniéndome de los nervios ante la locura musical.

-Menos mal que eres mejor marido que DJ -le dije.

-Bueno, vale, ya dejo éste -cedió él, cuando tomamos la vía de servicio de entrada a Rivas. O sea: cuando quedaban cinco minutos para llegar a casa.

Unas pocas nubes de color violeta mordían el cielo que iba apagándose, y Elena se desperezó con un bostezo que parecía incorporado a los primeros compases de la canción que empezaba a sonar. "Yo adivino el parpadeo de las luces que, a lo lejos, van marcando mi retorno...", era Carlos Gardel en una curiosa versión de 'Volver' con tintes de jazz. Las horas que se me pasa mi Juanillo en el e-Mule, madre...

Y tomamos la curva de entrada como quien desafía a la frente marchita de Gardel, alegres, reconfortados de sabernos en casa.

-¡Papá, mamá: el pirulo! -gritó contenta Elena señalando con el dedo la extrañísima, fea e incomprendida escultura que adorna la rotonda de entrada-. ¿Cenamos hamburguesa?-dijo acto seguido, cambiando la dirección de su dedo hacia el McDonnald.

-No -terció Juan, haciendo esta vez de 'poli' malo-. Tenemos atún con tomate que nos ha metido la abuela en un 'tupper'.

Y llegamos a casa. Volvimos. Y Elena, sí, con la frente marchita.

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