jueves, 20 de agosto de 2009

La eme con la, ma

-Mamá, te quiero mucho.

Así es como mi hija Elena me saludó ayer por la tarde, cuando hablamos por teléfono. Ni hola, ni qué tal. Directamente, por sorpresa y a traición, me disparó esa frase que, cómo no, me dejó derretida, cautiva, a sus pies. Y es que, no es porque yo lo diga, pero tengo la mejor hija del mundo.

Elena nació hace cinco años y tres meses, y como no podía ser de otra manera, nos cambió la vida, a su padre y a mí. Tener una hija, claro, te transforma e incluso te trastorna: cambias radicalmente de hábitos, de modo de vida, sacrificas pequeñas parcelas muy tuyas para que otras desconocidas sean invadidas por la presencia nueva y desconcertante de una persona que ha venido a ocupar un hueco central de tu mente, tu espacio, tu tiempo, tu todo. Te pasas nueve meses leyendo libros sobre la experiencia de la maternidad, preguntando y observando a las amigas que se te han adelantado en la aventura, filosofando sobre lo que crees que va a cambiar, los miedos y las ganas que tienes, el vértigo, las expectativas, las dudas. Y luego nace y simplemente, simplemente está ahí y te dejas llevar. Claro que cambia todo. Pero es mucho más fácil, y a la vez más complicado, en definitiva, diferente, a como lo habías imaginado y planeado.

Este fin de semana iremos mi chico y yo a verla al pueblo de Burgos donde está veraneando, con mis padres, que se montan cada julio y agosto una guardería con todos los nietos y nietas. Vamos todos los fines de semana y, aunque mentiría si no dijese que disfruto mucho de mi ociosidad de entresemana y mis vacaciones como madre, también es verdad que al llegar el miércoles ya estoy ahogándome a la espera de que sea viernes y cojamos el coche para darle un abrazo inmenso.

Ser mamá agota, y muchas de las cosas que se venden como maravillosas de la maternidad, son, francamente, pulseras esclavas a una realidad que no es tan idílica y que te hace renunciar a pequeñas cosas que, cuando tienes, apenas aprecias o valoras. Pero también es verdad que es lo mejor que me ha pasado jamás, y que, las cosas buenas, son mucho mejores de lo que jamás había pensado. Eso sí: me he vuelto de un cursi...

-Yo también te quiero, hija. Más que a nada.

-¿Más que a papá? -me ha preguntado, la muy socarrona, ¡pero si tiene cinco años!

-Sí -a socarrona no me gana nadie-: pero no se lo digas, que luego le tengo que aguantar yo.

Y nos reímos un rato, teléfono a través. Es para comérsela.

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