Hoy he visto a Raúl, mi ex, poco antes de las ocho de la mañana. Nos hemos cruzado en un pasillo del Metro, entre una marea humana enloquecida en plena hora punta (luego dicen que Madrid se vacía en agosto, pero lo de Avenida de América no conoce calendario vacacional: como yo). Apenas hemos intercambiado tres frases. Estaba tan arrogante como siempre.
-¡Maite!, ¿qué tal? -me ha saludado él con una efusividad absolutamente impostada.
-Hola... pues aquí, yendo al curro -he contestado, haciendo gala de una retórica de manual, desde luego.
-¿No estabas en paro? ¿Qué tal las vacaciones?
¿No sabías que se hacen preguntas de una en una?, como se nota que se saltaba las clases de Redacción Periodística y luego ni siquiera se leía los apuntes que yo tomaba.
-No tengo vacaciones hasta octubre. Estoy trabajando en una editorial... Correcciones de estilo, archivo, prensa. ¿Y tú, sigues ahí... en Onda Cero?
-Punto Radio, sí. En deportes. Hoy vuelvo de las vacaciones. He estado por Escandinavia. Ya sabes, Noruega, Suecia, Finlandia...
Sí, ya sé, conozcoloquesignificaEscandinavia, cretino, tengo la casa entera amueblada de Ikea, la discografía completa de Abba, y anoche me tragué 'Dogville', de Lars von Trier, en DVD.
-Qué frío.
-Bueno, en verano, una temperatura ideal-. No, idiota, me refería a ti-. Bueno, ¡que vamos a llegar tarde! A ver si charlamos más tranquilamente.
-A ver.
Y me ha dado dos besos y ha sido devorado por la muchedumbre en dirección contraria a la mía.
Muchas veces me he preguntado, avergonzada, si la animadversión que me sigue provocando Raúl once años después de nuestra ruptura quizás esté motivada porque siga sintiendo algo por él. A fin de cuentas, no es muy normal que mantenga esta rigidez emocional y hasta protocolaria, cuando ha pasado tanto tiempo y tengo una hija maravillosa y un marido al que adoro, que vale un potosí y con el que comparto dieciseite veces más inquietudes, afectos y parcelas de mi vida que lo que jamás podría haber compartido con Raúl. Entonces, me he interrogado al hacer el transbordo esta mañana, ¿por qué actúo así? ¿Por qué no soy capaz de reciclar mi rencor en la más absoluta de las indiferencias?
Al llegar a mi estación, según ha saltado el hilo de voz de Metro de Madrid en el vagón para anunciar el destino, he dado súbitamente con la respuesta. En realidad, no le tengo animadversión a Raúl. Mi problema es eso: problema mío, problema conmigo misma. Cada vez que pienso en él o lo veo, me topo con un espejo que me devuelve la imagen de niñata colada hasta los huesos por el guapo de la promoción; la imagen de enamorada como una tonta de un egoísta tan incapaz de dar ni una pizca de afecto a nadie como para, tras seis años de relación, obligarme a dar yo el paso de romper porque él había dejado de quererme y ni siquiera se atrevía a decírmelo. Me veo tan diferente a aquella idiota que le llamaba lloriqueando de madrugada pidiéndole una segunda o una tercera o una cuarta oportunidad, como quien pide peras a un olmo muerto de sequía, que ahora, cada vez que lo veo, sencillamente, no puedo perdonármelo a mí misma. Él, ya, a estas alturas, me da igual. Pero yo, tonta, más que tonta, no dejo de odiarme un poco por todo aquello.
Al salir de la boca del Metro, el cielo de Madrid estaba rabiosamente azul y despejado.
Día de nubes y claros.
lunes, 24 de agosto de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)

No hay comentarios:
Publicar un comentario